¡Hola lectores! aquí tenéis un escrito mío basado en el soneto IX de Garcilaso de la Vega. Hay varias modificaciones ya que lo he adecuado al mundo actual y por ello he cambiado expresiones incluso le he dado un final diferente al del soneto, ya que este te deja la boca con sabor del dolor que siente Garcilaso por la ausencia de su amada, pero sin conclusión. Este es el soneto de Garcilaso:

SONETO IX

Señora mía, si yo de vos ausente
en esta vida turo y no me muero,
paréceme que ofendo a lo que os quiero, 
y al bien de que gozaba en ser presente;

tras éste luego siento otro accidente,
que es ver que si de vida desespero,
yo pierdo cuanto bien bien de vos espero;
y ansí ando en lo que siento diferente.

En esta diferencia mis sentidos
están, en vuestra ausencia y en porfía,
no sé ya que hacerme en tal tamaño.

Nunca entre sí los veo sino reñidos;
de tal arte pelean noche y día,
que sólo se conciertan en mi daño.

Y ahora la cuestión es: ¿que sabor de boca os deja mi escrito? ¡espero que os guste!

Hace días que te has ido... y aún no sé qué hacer. Mi cuerpo se ha quedado sin cuerda, parado, paralizado. No puedo dormir, ni comer; pero tampoco puedo llorar. No salieron de mí lágrimas en tu funeral, ni salen ahora tampoco. Tus hijas se han enfadado conmigo... Paula, llegando a casa tras la misa, con las mejillas mojadas y rojas del llanto, vino a la cocina y dijo que ya no me quería ella a mí, igual que yo no te quiero a ti. Le expliqué todo lo que te quería, le insistí en todo el amor que nos dábamos; y llena de ira, me echó en cara que no lloraba, no se explicaba por qué no lo estaba pasando mal. Y no tuve respuesta para ella, ni siquiera para mí. Irene, en cambio, me preguntó si no estábamos bien, si nos íbamos a separar, y si es por eso que no me duele tanto como a ellas la pérdida. Puedes imaginarte mi respuesta, me conoces bien, y tan bien te conozco yo a ti que le he hecho saber lo que más me gustaba de cada momento contigo; pero no la he logrado convencer, pues a media explicación, se ha ido a su habitación incrédula.


¿Por qué no puedo irme contigo? Debo quedarme con las niñas, tengo que mantener la situación a flote, pero no puedo vivir sin ti, no tengo ganas de nada. Ya te me has ido, tan pronto, y yo me he quedado aquí, haciendo creer a todo el mundo que no te quiero, porque no muero, porque no lloro...
No solo vivo con esta carga, sino que cada noche, acostado a lo que antes era tu lado, sin ti, veo que de verdad te has ido, se hace una realidad más evidente que la del día, y me da por desesperar. Te echo de menos, grito, rompo tus fotos, doy golpes, saco tu ropa del armario, la tiro contra el suelo, y cuando la estoy recogiendo, arrepentido de mi desesperación, llega hasta mi nariz ese dulce olor tuyo, o de tu colonia de jazmín, esa que está aún sobre el tocador y que tengo unas ganas horribles de vaciar. Pero entonces pienso en ti, se que habrías sido valiente, que lo habrías afrontado y estarías manejando la situación mucho mejor que yo. Y deseo que desde allí donde estés, no me veas desesperado, como un niño, que si así me ves voy a perder todo lo bueno que me queda de ti.


Así que, cuando logro calmarme, me meto en la cama, y trato de dormir; pero mi cabeza no me acompaña y habla por sí sola. Primero tu ausencia se muestra presente, y no tarda en llegar esa insistencia que me hace tropezar siempre en el mismo pensamiento. Por más que lo intente, tengo todos mis sentidos puestos en esa guerra entre vivir sin ti o morir contigo. Apoyo a ambos en sus peleas, y los dejo luchar libremente, no me meto aunque me están matando por dentro. Solo siento dolor, noche tras día y día tras noche. Y aun dejando a un lado esa batalla, hago uso de razón, y trato de explicarme esta ausencia de llanto. Pongo una mano en mi corazón, y echando en falta sus latidos, caigo en la solución: y es que los muertos no lloran, tú te has ido; y no se puede vivir con medio corazón.